Código de barras número 56

Pedro y Aníbal

Pedro Passos Coelho es el primer ministro de Portugal, aquel país del oeste. Aníbal António Cavaco Silva es el presidente de la República Portuguesa, aquella república.

Hoy, en Portugal, dos millones de nacionales se levantan cada día sin saber si van a comer bien, esto es de manera nutritiva. Comer fuera es barato, por tres euros se puede pedir un plato con hidratos de carbono – patatas y arroz – y proteínas – cerdo, ternera o pollo -. La sopa por un euro es el caldo verde (un puré de patatas acompañado de unas tiras de col, que le proporcionan el color verde característico, algo de ajo y aceite de oliva). El café solo (60 céntimos), de la marca portuguesa Delta, es de gran calidad, deja hasta manchada la taza después de acabar. En Madrid, el mismo café de la misma marca cuesta 1.30 euros.

El barrio céntrico más pobre de Oporto tiene la ropa tendida en las paredes. Sujetan hasta los gatos con correas para no perderlos. Los gatos son negros y las personas blancas.

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El imperio pequeñito 

La antigua verdadera dimensión de Portugal, con territorios en todos los continentes menos Oceanía, desapareció. Sólo quedaron Madeira y las Azores más allá del continente. En el centro de Oporto sólo queda de aquel imperio un McDonald’s estadounidense. A la salida los que tienen hambre se señalan la barriga para indicar que quieren comer o monedas o cinco euros. 

IMPERIAL McDonald's

IMPERIAL McDonald’s

El lamento 

Los portugueses son buenos, son muy amables. Ayudan y hablan a los demás, piden las revistas para leer la programación de la televisión. Hasta los policías y cuerpos de seguridad no son bordes y antipáticos, como en países vecinos y más serios pero menos tristes.

Ser el país europeo más aislado, después de Chipre, Malta e Islandia, debe ser bonito, por eso, con ser tan pocos no les basta. La lengua portuguesa de Portugal es muy cerrada, no como la de Brasil, que es alegre, abierta y feliz. Aquí, al lado de España, el idioma refleja muy bien la vida. Ellos no pueden entenderse gritando, no caben los gritos violentos de boca abierta.

Es el lamento y no es la nostalgia. El lamento por traer los bacalaos del norte, el lamento por la extensión de jugadores de fútbol portugueses por el mundo, el lamento porque la vida es más importante que el mar, por informar del cambio del escudo caboverdiano y de la hora en Macao (colonia portuguesa en China hasta 1999). Por España quizás también. Hay un mundo ahí fuera, desde luego.

El lamento

El lamento

Portugal, Oporto, Madeira, no lo sé. Se acabó el Portugal imperial por el cansancio de pagar a portugueses olvidados los vuelos en helicóptero entre Luanda y otras ciudades no rebeldes. Por enviar a la guerra de Guinea-Bissau a jóvenes que luego huirían a Brasil.

Los tres portugueses de la fotografía hablan entre ellos. Es como un triángulo.

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